Eran las siete de la noche cuando León bajó las escaleras con la chaqueta puesta y llaves en la mano.
—Vístete —dijo—. Salimos.
Levanté la vista del libro.
—¿Adónde?
—A dar una vuelta.
—León. Nadie dice "a dar una vuelta" con ese tono.
—Ponte algo cómodo. —Guardó las llaves en el bolsillo. — Veinte minutos.
Lo miré un momento. Tenía esa expresión que usaba cuando había tomado una decisión y no estaba abierto a negociación, pero había algo más debajo. Algo que no sabía nombrar todavía.
Subí a ca