Por la mañana se arreglaron para bajar a desayunar juntos.
—No quiero. Temo que ella se enoje más.
Antón llevó su mano hasta el cabello de su amada, la rodó llegando hasta el rostro y posó su frente junto a la de ella. A centímetros, le habló.
—Ella no volverá a hacerte daño. Solo estando muerto permitiría que eso suceda.
Seguido, la besó en la frente y la llevó hasta él, dejando un abrazo con los suspiros a flote. La tomó de la mano y bajaron hasta el comedor. Una vez en el pasillo, encontraro