Capítulo setenta y cuatro. Nada de paciencia
Donna
Las puertas del ascensor privado se abren directamente en el recibidor del apartamento. En cuanto Derrik cruza el umbral, se suelta de mi mano y entra corriendo al lugar, soltando un grito que resuena en mis oídos como una advertencia tácita.
—¡Guao! ¡Mamita, mira esto! —grita mi hijo, asombrado, mirando los techos altísimos, los enormes ventanillas que muestran las luces de Manhattan y los muebles de diseño que parecen sacados de una revista de lujo—. ¡Es gigante! ¡Es hermoso!
Observ