Capítulo dieciséis. Confesiones dolorosas
Donna
El silencio que siguió a mi confesión se hizo más sofocante aún. La mirada de Vera se pierde en un punto en la puerta de la entrada a la sala de estar. Miro hacia allá y la figura de Jake se materializa casi espectralmente por la niebla de lágrimas que nubla mis ojos. Nadie se atreve a hacer ni siquiera un movimiento hasta que él cambia de posición y explota en gritos que escucho lejos, muy lejos.
—¡Sabía que eras una maldita farsante! —alcanzo a escuchar claramente.
—¡Jake! —el llamado de