Capítulo treinta y dos. ¡Yo te necesito vivo!
¡Yo te necesito vivo!
El cuerpo entero de Domenico entró en alerta. Sus ojos se convirtieron en dos pozos de fuego tras escuchar las palabras de Ennio y el deseo de asesinarlo allí mismo fue abrazador, más que tentador. Habría sido tan fácil meterle un tiro entre las cejas, pero no tonto y sabía que la casa estaba rodeada de hombre que superaban en números a los suyos, sin contar que sus aliados lo verían como una traición, pues ninguno de ellos sabía lo que ese miserable había hecho con Pilar.