Adrián Fontana.
Estaba en la oficina, intentando concentrarme en terminar mi trabajo, pero era imposible borrar de mi mente lo que le había hecho a Natalia hace apenas unos minutos. La visión de su cuerpo y la sensación de su piel seguían presentes, dominando mis pensamientos. Me fascinaba absolutamente todo de ella: su piel tersa, sus ojos azul claro como el cielo, sus labios suaves, y las pequeñas pecas que salpicaban su rostro y su espalda. Y la forma en que se sonroja y tiembla conmigo,