Adrián se despertó temprano y se marchó sin siquiera mirarme. La frialdad de su partida dejó un vacío en la habitación y en mi corazón. No entendía por qué permitía que me tratara de ese modo. Yo no era una mujer sumisa; siempre había defendido mi dignidad y no permitía que nadie me hablara con desprecio.
Pero desde que lo conocí, todo había cambiado. Adrián tenía el poder de lastimarme con sus palabras, de destruir mi confianza con sus arrebatos. Y, sin embargo, también tenía el poder de cur