La nota aún estaba sobre la mesa de cristal cuando Alejandro convocó a todos los encargados de seguridad. El ambiente era asfixiante. Diez hombres formaban una fila frente a él, cada uno tan rígido como una estatua. Algunos evitaban mirarlo directamente, otros sostenían su mirada con orgullo, como si quisieran demostrar que no tenían nada que ocultar.
Elena observaba desde el borde de la escalera, una sombra silenciosa entre las columnas de mármol. No debía estar allí. Alejandro le había pedido