Había sido la otra Dalia durante muy poco tiempo como para haber notado alguna característica distintiva en las manos de Dalia.
—Que me suelte, me está haciendo daño. No te golpearé, ¿vale?
La falsa Dalia se dio por vencida.
El guardaespaldas de Isabela era muy fuerte. Estaba segura de que si se atrevía a tocar el pelo de Isabela, le cortarían las manos.
Isabela regresó a la caja registradora y se sentó, indicándole al guardaespaldas que soltara a la mujer.
El guardaespaldas la soltó, pero no se