Ánsar entrecerró los ojos e hinchó las mejillas, limitándose a mirar a Polo, con una mano metida en el bolsillo, apretando estúpidamente la caja de agujas de plata.
En ese momento llegó de repente desde no muy lejos una voz dulce pero mal pronunciada:—Ab...no...
Ánsar se detuvo.
Vio al pequeño Santiago correr temblorosamente hacia él, pareciendo desde lejos una blanca y gorda bola de arroz glutinoso, con unos grandes ojos que simplemente podían adorar los corazones de la gente.
El bebé sonreía b