Miguel no era un tonto. ¡Por supuesto que sabía a quién apoyar!
Los invitados al banquete se miraron con cara de diversión.
—Joana, ¡no me pongas en ridículo aquí!— Miguel se sintió avergonzado, —¡Vete a casa! ¡No quiero verte!
—Papá...
—¡Vete!
La cara de Joana se puso roja y las lágrimas brotaron de sus ojos. Le echó un vistazo a Lucía con enojo, se dio la vuelta y luego salió corriendo del salón de banquetes.
Laura quiso persuadirla pero no se atrevió. Solo pudo observar a su hija agraviada y