Eros frunció el ceño, mientras observaba cómo los labios de Elena se fruncían hacia adelante. A la espera de un beso, que, sin lugar a dudas, no iba a suceder.
—Elena, apártate —la movió de una forma que pensó que era sutil, pero que en realidad, para ella no se sintió así.
La mujer avergonzada al ser apartada con un empujón, no sabía hacia dónde mirar, mientras se disculpaba apresuradamente.
—Lo siento, Eros. No sé qué sucedió. Yo no… —balbuceó, incapaz de controlarse.
—Estoy casado. Se supone