El campus no había cambiado de forma visible, y sin embargo todo en él había dejado de ofrecernos un punto de anclaje reconocible, como si la estructura que hasta ese momento habíamos aprendido a leer hubiera desplazado sutilmente sus coordenadas internas hasta un lugar donde nuestra presencia ya no encontraba correspondencia, y esa desconexión no se manifestaba como rechazo ni como fricción, sino como una ausencia total de resonancia, una especie de vacío funcional en el que nuestras acciones