La mansión estaba silenciosa, pero ese silencio no era sinónimo de paz. Cada sombra parecía alargarse más de lo normal, cada respiración resonaba con un peso inesperado, y el aire mismo parecía vibrar con la tensión que Zoe emanaba. Caminaba con pasos medidos, con la llave aún en la mano, y Dante la seguía a cierta distancia. No era obediencia lo que lo mantenía tras ella, sino algo más primitivo, más instintivo: precaución, la sensación de que un instante podía desatar lo inimaginable.
No podí