Para ella, él, señor Mendoza, era como una inundación o una fiera salvaje, algo de lo cual huir era imprescindible.
Sin embargo, frente a su «marido», su sonrisa resplandecía con tal brillantez.
En el corazón de Santiago, surgió un dejo de malestar.
—¿Hola?
Valentina echó un vistazo a su móvil. La llamada estaba conectada, ¿por qué su marido de matrimonio relámpago no hablaba?
Santiago volvió en sí abruptamente, con un ánimo sumamente agrio, dijo:
—Voy a buscarte para llevarte a casa, nos vemos