Raúl, murmurando para sí mismo, dijo:
—Valenzuela, su apellido es Valenzuela...
La luz de esperanza en sus ojos se fue apagando poco a poco. No podía ser ella. Ella había jurado que siempre sería Citlali, y que ni aunque el cielo se desplomara tomaría su apellido. Así que era imposible que fuera ella.
Respirando hondo para disipar su decepción, don Raúl se volvió hacia Valentina:
—¿Y tu mamá, dónde está?
Valentina forzó una sonrisa:
—Falleció.
Don Raúl pareció sorprendido, no esperaba esa respue