**LEONARDO**
El pitido final me atraviesa como un disparo. Mis nudillos arden; la piel cuarteada por los impactos se me ha quedado pegada, pero no siento el dolor —solo la urgencia, una necesidad que no admite pausa: abrir esa maldita cápsula antes de que se termine todo.
Una cámara se mueve. Su lente brilla, observando cada segundo, como si quisiera grabar mi fracaso. No pienso darle ese gusto. Alzo la mirada, localizo la comba a unos metros y, antes de moverme, finjo ante las cámaras. Un leve