308. Ella es mía
Pierre
El silencio de la sala era ensordecedor.
Yo permanecía parado en el mismo lugar, los puños aún apoyados contra la pared donde, minutos atrás, había acorralado a Juliana.
Mi pecho subía y bajaba con violencia, como si el propio aire se hubiera convertido en una maldita prisión.
"Mierda..." murmuré entre dientes, cerrando los ojos por un segundo.
El olor de ella todavía flotaba en el aire. Su piel, su mirada, la forma en que sus labios casi se tocaron a los míos...
Un gruñido bajo escapó d