264. Ataque
Kiara
Volví a la mesa con el corazón todavía acelerado, intentando convencerme de que ese segundo beso no me había desarmado por dentro.
Pero bastó ver el rostro de Pierre para que el calor de ese recuerdo se congelara.
Estaba sentado, con los hombros rígidos, la mandíbula apretada. Juliana ya había adoptado su clásica postura de "voy a dar un sermón aunque nadie lo pida", y la tensión flotaba en el aire como una tormenta a punto de estallar.
Me senté a su lado, con la mirada clavada en el lobo