177. Perdóname
Stefanos
El cuerpo de ella en mis brazos era lo único que aún tenía sentido.
Nuria estaba allí.
Respirando.
Viva.
Mía.
Y yo necesitaba sentir eso de la única forma que sabía: tomando lo que era mío. Reafirmando lo que el dolor intentó destruir.
Mis dedos se deslizaron por su cintura, subiendo por su espalda con fuerza contenida, atrayéndola aún más contra mí.
Ella no se resistió.
Nunca se resistía a mí.
Nuestros ojos se encontraron, chispas intercambiándose entre nosotros como pólvora a punto d