El despertar no fue gradual. No hubo esa transición perezosa entre el sueño y la conciencia que suelo experimentar en las mañanas de mi vida anterior, donde el sonido de un despertador marcaba el fin de un descanso que nunca sentí realmente reparador. Esta vez, la realidad me alcanzó como un golpe eléctrico, una sacudida de placer tan cruda y directa que mi cuerpo respondió antes de que mi mente pudiera procesar dónde estaba.
Sentí una humedad cálida y rítmica contra mi intimidad, un lenguaje de