La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas de seda, una claridad que se sentía como un interrogatorio implacable sobre mi conciencia. Parker ya estaba despierto. Sentado al borde de la cama, me observaba con una calma que me ponía los vellos de punta. Sus manos, las mismas que horas antes me habían curado con una ternura casi médica, ahora sostenían una taza de café humeante.
—Buenos días —dijo, su voz despojada de cualquier rastro de la vulnerabilidad que le había escuchado la noc