Partíamos mañana en el vuelo de las tres, cuando regresamos de la cena también llegaba la señora que había atropellado en la mañana con su hija. Era una mujer de unos sesenta y cinco años, su hija podría tener treinta y cinco, atractiva, más no bonita, cabello negro, delgada, me acerqué y la ayudé a ingresar al hotel.
—Señora Margó, me alegra verla mejor. —miré a su hija—. Hola, Ángela, lamento haberles dañado un día completo de vacaciones.
—Deja de disculparte, mamá se encuentra bien, disfrutó