El vestuario apestaba a sudor, cloro y frustración. El vapor se filtraba desde las duchas, serpenteando por los azulejos del suelo como niebla a medianoche. Filas de taquillas de acero frío permanecían en silencio, excepto por el siseo ocasional de las tuberías o el eco de uno de ellos golpeando el metal con el puño.
El pecho de Caleb subía y bajaba con tirones irregulares de aire. Su camiseta se pegaba a sus abdominales, húmeda de sudor, con manchas de hierba rayando sus muslos. Caminaba desca