Jace no se detuvo. Se retiró lo justo para succionar con fuerza la punta —ruidoso, húmedo, obsceno— y luego empujó hacia adelante otra vez, dejando que ese miembro grueso se deslizara sobre su lengua, estirando su mandíbula, inundando su boca con el sabor a sudor, semen y sal.
Los sonidos de succión llenaron el vestuario.
Crudos, hambrientos y constantes.
Su saliva lubricaba toda la longitud del tronco de Caleb, goteando por su barbilla, empapando sus dedos mientras apretaban la base y acaricia