La habitación estaba cálida y en calma, iluminada solo por el parpadeo de las velas y suavizada por el murmullo de la música ambiental: sonidos de selva tropical, susurros de cascadas. El aire olía a sándalo y a algo dulce por debajo. Su respiración era lenta, pero su pulso no.
Jenna yacía boca abajo en la camilla de masaje climatizada, con la piel desnuda bajo la suave toalla blanca que caía a la altura de sus caderas. Su largo cabello estaba recogido en un moño suelto; sus ojos cerrados, los