El frío de diciembre se consolidó con una ventisca que cubrió por completo Nueva York. Dentro de la suite de la clínica privada, el ambiente era muy diferente; la temperatura se mantenía templada y el suave zumbido del monitor de ultrasonido llenaba el espacio con un compás constante.
Dante permanecía de pie junto a la camilla, con una mano metida en el bolsillo de su pantalón y la otra sosteniendo los dedos de Elara sin soltarla ni un segundo. Sus ojos estaban fijos en la pantalla donde el