El despacho de Aron olía a madera pulida y tensión contenida.
No era el espacio el que estaba cargado. Era el silencio entre ambos hombres.
Tayler permanecía de pie frente al ventanal, observando la ciudad extenderse bajo ellos como un tablero que nunca dejaba de moverse. Aron estaba detrás del escritorio, los antebrazos apoyados en la superficie, la mandíbula firme.
—El consejo no va a esperar mucho más —dijo Tayler sin girarse.
Aron no respondió de inmediato.
—Nunca lo hace.
El Consejo de Lob