El corazón de Margaret latía con fuerza, casi como si quisiera escapar de su pecho. Aferró a su hijo con fuerza, sintiendo su pequeño cuerpo temblar contra el suyo, y salió apresuradamente de aquel cementerio. La mañana era fría, pero no tenía tiempo para pensar en ello. El miedo la impulsaba a moverse, a correr, a huir.
En la esquina, levantó la mano y, casi de inmediato, un taxi se detuvo frente a ella. El conductor, un hombre de mediana edad con rostro cansado, la miró con curiosidad, pero n