Después de lo que parecieron horas y que la joven no haya pegado el ojo en toda la noche; a penas el sol asomaba, un fuerte golpe en la puerta la sobresaltó. Su corazón comenzó a latir con fuerza nuevamente, pero una voz familiar la tranquilizó.
— ¡Margaret, soy yo, Lily! — exclamó su amiga desde el otro lado de la puerta.
Margaret corrió a abrir, y al ver la cara sonriente de Lily, sintió una oleada de alivio. Lily la abrazó con fuerza, transmitiéndole una calidez que había anhelado dura