Capítulo 13
—No digas mi nombre —susurra, y sus labios rozan los míos con una suavidad que contrasta con la tormenta de sus ojos. Ese contacto mínimo hace que el cosquilleo en mi estómago se intensifique hasta volverse un hambre voraz; las ganas de morderlo, de poseerlo, me vuelven loca—. Di sí.
Yo, la mujer práctica, la que lucha por cada dólar en un pueblo olvidado, la que no cree en cuentos de hadas y devora romances paranormales sin esperar que se volvieran realidad, hago la cosa más est