El verano llegó con una claridad que parecía nueva.
No sé si era el paisaje o yo, pero todo se veía más nítido, más definido. Los colores del fiordo, el vuelo de los pájaros, la textura de las nubes. Como si después de años de bruma, mis ojos se hubieran ajustado por fin a la luz verdadera.
Lena lo notó también.
—Estás diferente —dijo una mañana, mientras desayunábamos en el porche—. Más presente.
—Quizás es la edad.
—No. Es otra cosa. Es como si hubieras dejado de pelear.
—¿Contra qué?
—Contra