Kamchatka era una herida abierta en la piel del mundo.
El vuelo desde Moscú me dejó en una ciudad de hormigón gris y nieve perpetua. Petropávlovsk olía a pescado, a gasoil barato y a la vasta y fría indiferencia del Pacífico norte. Simon Clarke, el periodista intrépido, tenía una cobertura: un reportaje sobre la actividad volcánica de la península y sus efectos en las comunidades indígenas. Era lo suficientemente cierto como para ser creíble, lo suficientemente vago como para permitirme moverme