PUNTO DE VISTA DE KIARA
El Monumento del Tejido ya no era un muro. Era una colina viva, un túmulo suave y ondulado de historias, cubierto de musgo y pequeñas flores silvestres que brotaban de las grietas entre los ladrillos. Había crecido más allá de su límite original, serpenteando hacia el jardín, fundiéndose con la tierra. Ya no se podían contar los ladrillos, ni leer todas las historias inscritas en ellos. Su poder ya no estaba en la individualidad, sino en la masa, en el peso colectivo de la memoria.
Yo, Kiara, la Tejedora de la Continuidad, había sido su guardiana durante más de cuarenta años. Mis manos habían colocado cientos de ladrillos, secado lágrimas sobre el barro fresco de otros, leído en voz alta las inscripciones descoloridas a niños que no podían creer que esos trozos de tierra y arcilla contuvieran algo importante. Pero ahora, mis propias manos temblaban. Mis ojos, que una vez distinguieron cada matiz en los discos del Telar de Patrones, ahora encontraban difícil lee