PUNTO DE VISTA DE JASON
La paz tenía su propia música, y yo estaba aprendiendo a escucharla. Ya no era el estruendo belicoso de los cuernos de guerra, ni el silencio atronador de las salas del consejo bajo la sombra. Era la sinfonía de mil ruidos pequeños: el crujido de la madera nueva en los telares gemelos, el murmullo de los mercados donde se mezclaban acentos, el martilleo alegre en los astilleros, el rumor de agua corriendo por canales recién abiertos. Era una música compleja, a veces discordante, pero siempre viva.
La música que llegó al filo del verano, sin embargo, era diferente.
La trajo un grupo de trovadores itinerantes, como llegaban todos los veranos. Pero estos no eran los habituales cantantes de baladas heroicas sobre mis antepasados. Eran más jóvenes, su ropa era una mezcla de estilos, y su líder, una mujer de voz áspera llamada Maren, pidió audiencia no para el salón del trono, sino para la Sala del Tejido.
"Tenemos una canción", anunció, sin reverencias ni florituras