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Las reuniones extraordinarias tenían un defecto bastante curioso: todo el mundo llegaba temprano cuando sospechaba que alguien podía perder la cabeza.
Marco, en cambio, parecía ser el único que no tenía prisa.
Sentado en la cabecera de la mesa, hacía girar un bolígrafo entre los dedos mientras impulsaba la silla apenas unos centímetros hacia un lado y luego hacia el otro. Nada exagerado. Solo ese movimiento ocioso de alguien que estaba demasiado cómodo en un lugar que, técnicamen