El cabello castaño de Fiorina caía a un costado, desordenado. La luz tenue de las lámparas hacía brillar su piel con un tono cálido, suave, y la brisa fría que entraba por las puertas dobles de cristal le erizaba el cuerpo.
Pero nada de eso la enfriaba, porque estaba él encima, tan cerca que la respiración de Giorgio parecía mezclarse con la suya, como si el aire ya no les perteneciera por separado. Sus ojos verdes se mantenían fijos en los grises de ese hombre, intensos, profundos, como si