Fiorina lo empujó apenas del pecho, solo un poco, como una protesta débil, y Giorgio no se apartó de verdad, solo la observó, divertido, como si supiera que ese gesto no era un "alto", sino una forma desesperada de fingir que ella todavía mandaba.
—No me estoy volviendo loca.
—¿No? —preguntó él con una sonrisa que se ensanchó un poco más.
La mano de Giorgio bajó por el abdomen de Fiorina, rozando su cintura y luego posándose sobre la tela de su ropa interior con una presión mínima, controlada, suficiente para arrancarle un sonido ahogado.
—Aah…
Fiorina cerró los ojos y su espalda se arqueó apenas, su cabeza hundiéndose en una almohada que tomó, como si el placer le hubiera cortado las fuerzas.
El rostro se le encendió de vergüenza, pero su cuerpo traicionaba cada pensamiento, y Giorgio la miró con una satisfacción descarada, como si ese pequeño jadeo le confirmara que ya la tenía donde quería.
—¿Y eso qué fue, dolcezza?~ —murmuró él.
—¡Cállate! —protestó Fiorina, pero l