–Yo no la secuestré –dice Cristóbal al fin, en un murmullo apenas audible, como si las palabras le pesaran toneladas.
–¿Y esperas que te crea? –La voz de Sophie se quiebra en cada sílaba, pero no se permite llorar. Sus ojos, rojos, bañados en lágrimas contenidas, no parpadean. Lo taladran. – ¿De verdad piensas que puedo tragarme esa mentira? ¿Qué todo esto es una absurda coincidencia?
Cristóbal traga saliva, pero sigue sin hablar.
–¿Justo ahora te enamoras de la esposa del padre de Amara? –c