La clínica de Carlota no parece una clínica: pisos mate, luz cálida, cuadros abstractos, olor a madera. La 512 ahora es la 304. Las paredes no escuchan. Los ascensores son mudos. Amara está de pie, con bata y un chal sobre los hombros, mirando la lluvia a través de una ventana más baja. Se acaricia el vientre al ritmo de una música que nadie oye. Cuando la puerta se abre y asoma Sophie, la vieja lealtad le desordena el rostro.
–Perdón por la hora, por la cara, por… –Sophie se queda con la fras