Al día siguiente, el encuentro no es casual, nunca lo es, porque hay demasiadas piezas moviéndose en silencio como para creer en coincidencias, y Liam llega al punto acordado con esa puntualidad casi obsesiva que lo define, como si anticiparse unos minutos pudiera otorgarle una ventaja invisible, como si controlar el tiempo fuera una forma de no perder el control de todo lo demás que ya se le escapa entre los dedos, y aun así, cuando la ve, cuando sus ojos finalmente la encuentran de pie frente