El aire aún conserva el rastro de piel y deseo cuando Jennifer se levanta de la cama con una lentitud calculada, como si cada movimiento formara parte de una coreografía ensayada, y deja que la tela de su vestido resbale por su cuerpo con una elegancia peligrosa, consciente de que no hay nada en ella que sea improvisado, nada que no tenga una intención detrás; mientras tanto, Jean Pol, de espaldas, termina de abotonarse la camisa con la serenidad de quien no se cuestiona, de quien no duda, de q