El día siguiente no trae calma, sino una claridad incómoda, de esas que no alivian sino que obligan a actuar, y Liam la siente desde el momento en que abre los ojos, porque hay algo distinto en su pecho, una mezcla peligrosa de certeza y urgencia que no lo deja respirar con normalidad, como si cada latido le recordara que ya no puede seguir fingiendo que no entiende lo que está ocurriendo; aun así, se levanta, se viste, se mueve con esa precisión automática que ha aprendido a dominar cuando su