Horas después, la tarde cae sobre la ciudad con una melancolía viscosa. El cielo, plomizo, amenaza con lluvia, y las luces de los edificios empiezan a encenderse como luciérnagas enjauladas.
Dentro del departamento, Sophie permanece sentada en el sillón, inmóvil, con las piernas cruzadas y las manos apretadas sobre las rodillas.
No hay música. No hay televisión. Solo el tic-tac del reloj y el zumbido débil del tráfico filtrándose desde la calle.
Su cabeza no deja de repetir esas tres frases,