El reloj marca las siete y media y Sophie sigue en el sillón, inmóvil. Las luces de la ciudad se filtran a través de la lluvia, dibujando reflejos que bailan en el suelo. La habitación huele a perfume marchito, a tristeza encerrada. Ella se limpia el rostro con el dorso de la mano, mientras le arden los ojos.
Siente un nudo en el pecho, una mezcla de rabia y decepción que no encuentra salida. Por un momento, piensa en quedarse ahí, dejar que todo se hunda solo. Pero la idea de quedarse quieta l