El reloj de pared marca las 18:15. La oficina huele a café recalentado, papeles viejos y a la ansiedad de los presentes. Sobre el escritorio de caoba se amontonan expedientes, contratos y borradores con tachaduras en tinta roja. La luz blanca del neón cae impiadosa, resaltando la tensión en cada rostro.
Esteban se inclina hacia adelante, apoyando ambas manos sobre la mesa como si estuviera frente a un estrado judicial. Su voz es grave, modulada con precisión. –En términos estrictamente jurídic