Dos días después, El alba apenas lame los vitrales de la mansión cuando Úrsula despierta sobresaltada: la sábana del otro lado de la cama está fría, lisa, intacta, como si nadie hubiese dormido allí. El reloj sobre la cómoda marca las 6 : 07 a. m. y, sin embargo, en la casa reina un silencio demasiado denso para esa hora: ni el chirrido del parquet, ni el repicar distante de la cafetera, ni el tarareo habitual de los jardineros al encender las mangueras.
Una sospecha le recorre la columna como