El reloj del despacho marca las nueve y veinte. El sonido metálico del segundero parece martillar cada respiración, cada pensamiento. El aire está espeso, saturado de ese tipo de cansancio que no se cura durmiendo, sino enfrentando lo inevitable.
Sophie entra despacio, casi con culpa, sosteniendo una carpeta contra su pecho. La luz de las lámparas resalta el cansancio en sus ojos, y por un instante duda si debería hablar. –Estos son los últimos detalles de la colección –dice al fin, dejando la