Luego de horas manejando por una carretera que parecía interminable, rodeados por un silencio espeso que no era cómodo ni casual sino cargado de todo aquello que ninguno de los dos se animaba a decir, llegan finalmente a la mansión, y lo hacen sin mirarse, sin comentar el paisaje, sin discutir, como si ambos supieran que cualquier palabra podría convertirse en una herida más profunda de la que ya cargaban, y Liam estaciona el auto con movimientos mecánicos, apaga el motor y desabrocha su cinturón con una lentitud calculada, mientras Amara permanece quieta, con las manos sobre su regazo, sintiendo que cada segundo que pasa sin que él la mire es una confirmación silenciosa de que algo se está rompiendo entre ellos.
Liam baja primero, abre la puerta trasera y toma a uno de los bebés con cuidado, con esa precisión que solo tienen quienes han aprendido a amar con miedo, y luego vuelve por el otro, sin pedir ayuda, sin mirarla, como si necesitara demostrar que puede hacerlo solo, como si ca