Liam llega a la mansión cuando ya ha caído la noche por completo, con el motor aún caliente y el pulso acelerado, no porque haya conducido rápido sino porque cada kilómetro recorrido fue una discusión interna entre el orgullo y el miedo, entre la rabia que todavía le arde en el pecho y el terror de llegar tarde, de que Amara ya no quiera escucharlo, de que esa distancia que se instaló entre ellos haya terminado por convertirse en una muralla imposible de atravesar, y cuando abre la puerta no encuentra luces encendidas en el living ni ruido alguno, solo ese silencio pesado que conoce demasiado bien y que siempre aparece antes de las grandes discusiones o después de las grandes pérdidas.
Deja las llaves sobre la mesa con un golpe seco, se quita la chaqueta sin cuidado y avanza por la casa con pasos firmes, decidido a no volver a huir, a no refugiarse en la ironía ni en el cansancio, porque esta vez necesita decir lo que piensa aunque duela, aunque rompa, aunque deje cicatrices, y sube l