Liam llega a la mansión cuando ya ha caído la noche por completo, con el motor aún caliente y el pulso acelerado, no porque haya conducido rápido sino porque cada kilómetro recorrido fue una discusión interna entre el orgullo y el miedo, entre la rabia que todavía le arde en el pecho y el terror de llegar tarde, de que Amara ya no quiera escucharlo, de que esa distancia que se instaló entre ellos haya terminado por convertirse en una muralla imposible de atravesar, y cuando abre la puerta no en